La séptima pregunta (Cuento clásico)



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                                                                                       LA SÉPTIMA PREGUNTA
 
  


         Dedicado a Glenn. Tan pequeñito, que se
       escondió dentro de una lágrima.




  El hada del bosque montañoso amaba a los humanos. Pero nunca había vivido entre ellos. Sólo hablaba con un anciano guardabosques que la conocía desde niña y la cuidaba a su manera, haciéndole algunos obsequios como ropa humilde de muchacha que compraba en la aldea, y que en su cuerpo esbelto parecía ropa de princesa. Y también algunos libros viejos que ella leía una y otra vez, para entender el mundo humano en parte, pero también porque le gustaban sus historias. Además le obsequiaba útiles de aseo, y juguetes simples de madera que le construía él mismo con cortezas de árbol y cordeles. En ocasiones la peinaba y la sentaba en sus rodillas, y le contaba cuentos. Incluso ahora lo hacía a veces, cuando ella ya era una mujer con veinte otoños.

   La primera vez que hablaron, él no era aún tan viejo, y ella no llegaba a los diez años. Todos los domingos, por aquel entonces, él bajaba al pueblo a emborracharse. Y en ese estado etílico, subió de regreso a la montaña donde vivía. Era una fecha especial, justo la última noche de noviembre tras la fiesta. Y se puso a encender un fuego para asar unas patatas como cena, antes de irse a dormir la mona a su cabaña a pie de bosque. Encendió un fósforo para prender la yesca, pero un soplo de aire lo apagó. Probó con otro, y sucedió lo mismo. Y lo mismo pasó con un tercero. Entonces levantó la vista. Y agachada a su lado, vio a la hermosa niña que le impedía hacer el fuego, soplando las cerillas. Pues, pese a que era guardabosques, el vino le había hecho olvidar la prudencia esa vez. Y se disponía a encender la hoguera demasiado cerca de los árboles, y, para más riesgo, junto a un montón de hojas secas que él mismo había apilado allí esa mañana. Entonces comprendió su torpeza. Y, aunque era noche de brujas, no le dio miedo ver de cerca aquella hada tan bella. Pues, borracho o no, había creído verla muchas veces correteando entre los árboles, aunque ella siempre le evitaba, muy rápida y astuta. 


A veces, la escuchaba cantar con una voz dulcísima sin verla. Y a veces la veía jugar con las ardillas en silencio, o correr con los ciervos entre gritos de euforia. Pero ella escapaba siempre al intuir su presencia, y nunca la pudo observar bien... Sólo ahora logró fijarse con detalle en su insólita belleza, y en sus ojos profundos donde brillaba la luna incluso de día, cuando reinaba el sol. Su piel era muy blanca. Y su cabello era pardo, como lo era el bosque ahora, en el otoño. Pero sobre todo, y más allá de su belleza aparente, él sentía que en el corazón de ella latía la nobleza más pura. Y, como sea, ambos se entendieron en el acto, y se hicieron muy amigos.

   Así que él se dispuso a encender el fuego en otro sitio más seguro. Ella le ayudó en eso, y luego él compartió la humilde cena con ella y se le fue pasando la embriaguez. Charlaron mucho esa noche y también en adelante. Se encontraban todas las mañanas y se contaban sus cosas. Allí cerca en el río, en un claro del bosque, cuando él iba allí a beber o a lavar su humilde uniforme de guarda forestal. Ella bebía también del agua cristalina, y charlaban los dos sobre los humanos de la aldea en el valle al pie de la montaña. En la otra orilla del río habitaba el Gran Oso, que a veces se asomaba e inquietaba a todos con su feroz presencia en la distancia, aunque nunca se le vio cruzar el cauce. Y allí mismo, en ese margen opuesto, había nacido ella además, aunque no recordaba cuándo cruzó la orilla. Sólo supo, porque se lo contó el anciano, que un día hubo un incendio en la arboleda profunda, y su madre construyó una balsa y la empujó hasta allí. Desde entonces, hizo su vida entre las bestias, en un lugar que amaba, pero en el que se sentía sola. Aparte del guardabosques, que era más bien un ermitaño, había visto muy pocos humanos en su vida. Y amaba en silencio a uno de ellos, un joven leñador muy noble pero vanidoso, que vivía en la aldea del valle y subía al monte sólo a trabajar. Le veía cortar leña escondida entre los árboles, día tras día, hasta que se enamoró de él. Pero temía que él no la aceptase, siendo un hada. Y además, aparte del anciano que era su padre adoptivo, no había tratado a ningún otro ser humano. Así que, un día, ya no pudo más y le pidió consejo a su padrino, casi diez años después de su primer encuentro. 

Él tenía setenta años de edad ya, y ella tenía veinte. Faltaba sólo una semana para cumplir la década de su primera charla en el bosque. El anciano, que ya sabía lo que su ahijada sentía por el leñador, se sonrió. Pues conocía que, tarde o temprano, llegaría ese momento. Pero, al instante, se puso serio y reflexivo, y le dijo a ella que los humanos eran gente muy compleja. Que la mayoría simplemente seguía la dirección del viento, como las semillas de diente de león. Pues, en general, tenían una voluntad voluble, manipulable y frágil. Y que pocos eran plantas ya hechas y fuertes, y además también había hierbas malas e incluso venenosas. Así que enamorarse de ellos era peligroso, sobre todo porque casi ninguno era sincero. De modo que la prueba mejor para ver si el leñador la merecía a ella, era justo esa: saber si, en la vanidad humana de él, latía o no la sinceridad de corazón. Así que el viejo guardabosques le preguntó a la joven ninfa si estaba dispuesta de verdad a confiar en él mismo, en su padrino, y ponerle al leñador las pruebas que él dijera. Sobre todo porque, si el leñador fallaba, las consecuencias podrían ser muy crueles para todos... Ella sintió un pálpito de angustia cuando el guardabosques, quien conocía, igual que ella, cada palmo de la montaña y cada rasgo de sus seres, le contó un grave secreto. Como ninfa del bosque que era, había ella tenido la rara suerte de asomarse al mundo humano, aunque fuera un poco. Él mismo era ejemplo de ello, y la adoraba, pero por eso mismo no quería verla sufrir. Pues, de fallarle el ser humano que ella amaba, y que podría cuidar de ella allí cuando el anciano muriese, la dura ley de las hadas la obligaría a regresar para siempre a la arboleda profunda de su origen. Al otro lado del rio, tras haber perdido su oportunidad de vivir fuera del bosque y no estar sola.

   Y ella, que justamente veía la sinceridad en el anciano, aceptó el reto de amor con su corazón ilusionado y, a la vez, lleno de temor.

   En realidad, las pruebas eran siete preguntas, todas ellas acerca de si él sería capaz de hacer cosas muy difíciles. Así que, como el anciano guadabosques le explicó a la joven, lo idóneo sería que el candidato a merecer su amor fuese sincero desde el primer momento. Y simplemente diese una respuesta negativa a todas las cuestiones. Admitiendo no poder cumplir las pruebas, sin arriesgarse a llevar ninguna a cabo de verdad.  De ese modo, aunque él no demostrase gran cosa, al menos su honestidad se salvaría, pues esa era la verdadera meta oculta en aquel reto. Suficiente, así, para que ella pudiese unirse a él por siempre si él así lo deseaba, y ser felices ambos juntos.

   El anciano añadió muy serio que, hiciese el leñador lo que hiciese, el verdadero peligro para cumplir el sueño de amor de ella y su permanencia allí, era la séptima pregunta. Pues, pese a parecer la más sencilla, era imposible de cumplir por nadie en realidad, por muy sabio o hábil que fuese ejecutándola. De modo que el leñador debería darse cuenta de la trampa y ser humilde. Asumiendo desde el principio su impotencia con un “no” rotundo en ese caso...

  Así que le dictó todas las preguntas a la ninfa del bosque, que las memorizó con esperanza. Todas menos la séptima. Alegando que no la quería descorazonar justo con esa, que era utópica en extremo a la par que engañosa. Y añadió que, si había suerte antes, se la diría al oído en su momento.

  Ella asintió, insegura a fin de cuentas con las otras seis. Pues sabía de la vanidad del hombre que ella amaba en la distancia, a quien había espiado alguna vez cuando él fanfarroneaba con el propio guardabosques. O con otros leñadores como él mismo, con los que se cruzaba en su trabajo en la arboleda. Así que sospechaba que no iba a ser tan fácil que él confesase su incapacidad para las pruebas, sin hacer más nada. Aunque su enamoramiento ciego le dio tenacidad. Y, por si las olvidaba, escribió las seis cuestiones en una hoja de papel, con letra clara. Tratando de enterrar bien en su conciencia la angustia de pensar sobre la séptima:

¿Puedes pescar un pez con las manos?
¿Puedes contar las hojas de un árbol?
¿Puedes derribar el árbol sin tocarlo?
¿Puedes vencer a un guerrero sin armas?
¿Puedes arriesgar tu vida por cualquiera?
¿Puedes demostrar su error a un sabio?

   Así que, con esa lista escrita tan difícil, decidió ella asumir su prueba de amor propia. Armarse del suficiente valor y confianza para vencer también su timidez. Y acercarse por fin al hombre de sus sueños, la primera mañana que le vio subir por leña. Pero tardó en reunir el suficiente ánimo, aun así. Y se decidió cuando él ya se aseaba en el riachuelo, tras quitarse su grueso chaquetón de piel que le protegía bien del frío, pero que le agobiaba con el acaloramiento del esfuerzo. Dando fin con ese gesto a una jornada de duro trabajo en la que ella, como siempre, no le pudo quitar ojo, embelesada. Él limpió también las herramientas en el cauce, y entonces vio el rostro de ella reflejado en su hacha. No era la primera vez que la creía ver en ese espejo, y también en el del río, y otras partes. Pero ella desaparecía siempre en un instante, igual de esquiva con él que con el guardabosques cuando niña. Así que a él le acababa por parecer una ilusión de su cansancio, aquello. Pero, ahora, el reflejo de la ninfa en el acero se mantuvo, y él tuvo el tiempo suficiente de volver el rostro y verla bien...

  Al igual que diez años atrás el guarda forestal cuando era niña, quedó ahora él impactado por la belleza de la joven, que era una mujer ya. Se quedó instantáneamente prendado. Absorto en ella y como hipnotizado por el hondo misterio que brillaba en sus vivas pupilas de hada, que parecían absorber la luz del mundo. Concentrándola como una lente mágica, que la devolvía después hecha un diamante iridiscente...

  Pero lo que más le sedujo a él de ella fue su pelo, que parecía contener en sí toda la fuerza intemporal del bosque. Como si la savia misma de todos los árboles alimentase también el vigor de sus cabellos. Eran suaves y fuertes éstos como ella, y de un claro color pardo igual que el bosque en noviembre. La brisa los rozaba ahora, haciéndolos brillar y temblar como las hojas. Y él sintió el impulso de acercarse a ella para hacer lo propio, y acariciarle un mechón él, con mimo. Pero ella se echó atrás, algo asustada. Y entonces él tuvo una idea para calmarla en el instante... Decidió sentarse en una gran roca plana de la orilla del río, en la que solía acomodarse el anciano también, cuando éste charlaba con la ninfa que, a su vez, descansaba en sus rodillas. Antes había apoyado allí sus herramientas, para que se secasen al sol tras haberlas limpiado. Pero ahora dejó el hacha en el suelo, y calzó el resto de útiles de trabajo en su cinto. Y de ese mismo cinto sacó una sencilla flauta dulce. Se sentó en la roca, e hizo salir de ella la melodía triste más sublime...

   La ninfa quedó transida de emoción en el instante. Se acercó a él, aunque no del todo aún. Y por su pálida mejilla corrió una gruesa lágrima.
  —Es muy hermosa tu música. Muy triste, pero muy hermosa —dijo, y él dejó de tocar y sonrió:
  —Gracias. Es mi melodía triste. Pero tengo otra muy alegre, que me gusta más tocar, porque suena como el espíritu del bosque —le contestó él algo enigmático, dispuesto a que la oyera. Pero ella, sensible aún, le rogó que se detuviera, con un gesto. Y él ya no tocó más... Al fin, la ninfa se le acercó a él por completo. Y, en vez de su cabello, el leñador rozó entonces su mejilla, para borrar la lágrima. Y la siguió borrando en adelante, bajo su piel también al suavizar el sentimiento amargo de ella. Cuando pasaron mucho tiempo juntos durante ese y los seis días siguientes. Él logró en ese breve tiempo, con paciencia y ternura, consolar casi del todo la triste orfandad del hada en la montaña, que era la que le había hecho a ella llorar, movida por la música.   


  Y ya desde la primera fecha, ella cumplió con él la ley que le transmitió el anciano. Quien, para dejarles solos, decidió no hacerse presente allí por unos días... Y así juntos los dos, la ninfa fue haciéndole a su amado, una tras otra, todas las preguntas pensadas para poner a prueba si su corazón de leñador era sincero. Y como ella se temía, la vanidad de él fue respondiendo con un “sí” rotundo a cada una... Ya desde que la ninfa le leyó la primera en el papel el primer día, justo cuando le vio guardar la flauta tras tocar las notas tristes. Así que le interrogó, sin más, sobre su destreza:

  — ¿Puedes pescar un pez con las manos? —dijo ella, deseando oír un “no” para una propuesta tan difícil. Pero el leñador, que no se esperaba la pregunta, reaccionó tan fanfarrón. Y dijo que sí podía, sin dudarlo. Y, con la misma verborrea que usaría luego en todas las cuestiones, empezó a fantasear con desatino. Añadiendo que, de hecho, él pescaba siempre así, sin usar caña. Y que era capaz incluso de pescar salmones al vuelo también, sabiendo en qué momento saltarían al remontar el cauce. Y eso que ni siquiera había salmones en el río. Aunque sí que había muchos peces, que el Gran Oso de la orilla opuesta sabía pescar, él sí, sin herramienta alguna.

  Y cuando la ninfa ya casi lloraba al verle tan absurdamente confiado con lo de los peces, dando la futura unión de ambos por perdida en el primer envite, y viéndose condenada ya a regresar sola para siempre a la profundidad del bosque, él hizo uso de su herramienta propia. Pero no de una de pesca, sino de la musical de la flauta, que volvió a sacar del cinturón. Y por vez primera, ella pudo escuchar su melodía alegre, entonces. Muy alegre. Tanto como el corazón de niña de la ninfa, que latía y latiría siempre en lo profundo de su pecho de mujer. Pues ella era también como la música: si estaba triste, no había nada tan amargo. Si estaba alegre, no había nada tan feliz.  

  Y con la música, se levantó una suave brisa perfumada. El bosque mismo se inundó entero de gozo por un rato. Como si, aun siendo otoño, volviese allí otra vez la primavera. El sol tiñó las nubes altas sobre el bosque de un vivo resplandor dorado. Las ramas de los árboles se mecieron bailando al son de aquel prodigio. El viento entre los troncos gimió siguiendo también la melodía. Y las criaturas que poblaban la arboleda se asomaron levemente al claro. Moviéndose despacio, muy despacio. Como si un repentino éxtasis las tratase de atraer como un imán sutil. El Gran Oso observaba también desde la orilla opuesta, aparentemente inmóvil. Y el leñador, muy socarrón, la tomó a ella de la mano para llevarla hasta el borde mismo del río. Allí los peces se habían quedado casi quietos del todo, también. Aunque en realidad sí que nadaban, pero de manera casi imperceptible, al parsimonioso ritmo del minutero de un reloj. De modo que le resultó muy fácil meter la mano en la corriente y tomar uno. Era una trucha enorme, que sujetó con las dos manos. Se la lanzó después, tan juguetón, a ella, igual que un peso muerto. Y en el instante que el cuerpo plateado de la trucha tuvo contacto con la piel del hada, todo volvió a su estado natural allí. Incluido el propio pez, que coleó con fuerza de pronto, entre sus manos. Ella se echó a reír con entusiasmo, y lo dejó regresar, libre, a la corriente. Y el leñador rió con ella: abrazó su cintura, y estuvo a punto de besarla...

   Pero la ninfa se escurrió fácil de sus manos, lo mismo que la trucha hizo con ella. Y corrió muy lejos de su alcance, riendo feliz por haber logrado salir bien de la primera prueba. Tan rápida fue, que él no pudo alcanzarla, aunque se apresuró tras ella y tenía buenas piernas. Así que la perdió de vista en la fronda finalmente, sin resuello… Pero al día siguiente, ella le buscó temprano. Él se había traído el desayuno a la montaña, y terminaba de comer sentado al pie de un tilo. No la escuchó acercase. Y, por todo saludo, ella le lanzó la segunda pregunta, leyendo en el papel:

  — ¿Puedes contar las hojas de un árbol? —dijo sonriente, aunque luego le miró algo tensa. Y el leñador pudo ver plasmado entonces, en el reflejo de sus ojos, el propio árbol al pie de cuyo grueso tronco descansaba. Pero comprimido en las dos pupilas convexas de la ninfa, con la forma de corazón que también tenían las incontables hojas de su copa. Él no se esperaba la pregunta, pero reaccionó igual que a la primera que ella le hizo. Con un rotundo “sí”, que se dispuso a demostrar mientras alardeaba:
   —Vivo de los árboles. Sé cuáles son y cómo y dónde crecen —dijo, puesto en pie y entre aspavientos—. También los he contado todos, y todas sus hojas... ¡Eso es fácil! ¡Lo difícil es contar todas las estrellas!

   Y sin más, sacó la flauta. Y se puso a tocarla, tras sentarse de nuevo. Volvió a usar su melodía alegre para eso. Y al instante, se levantó un viento muy fuerte, que envolvió la copa del árbol formando un remolino. Los suaves cabellos de la ninfa flotaron también con la ventisca, enmarañados, y ella tuvo que agarrarse al tronco para mantener el equilibrio. Cuando el remolino se extinguió, el leñador se puso en pie otra vez para observar la copa, que había quedado desnuda casi por completo. El fuerte viento había arrastrado las hojas secas del tilo. Y apenas quedaban unas pocas, prendidas de una rama a media altura. Él guardó la flauta en su cinto, y trepó ágilmente hasta esa rama. Y  fue contando allí las escasas hojas una a una, al tiempo que las ensartaba en un alambre que llevaba en su cinturón de leñador: una, dos, tres... hasta siete. Cuando bajó, ya le había hecho a ella la diadema, con las hojas en forma de corazón que tenían el mismo tono cobrizo de su pelo. La ninfa se dejó coronar, pero no besar cuando él lo intentó como la víspera. Pues de nuevo huyó riendo también. Sin que él pudiera darle alcance tampoco, cuando se lanzó a perseguirla en vano en la arboleda.


 
   Al día siguiente, él trabajaba con su hacha cortando la corteza de un gran roble que acababa de talar, a pie de bosque. De nuevo ella le sorprendió, esta vez a su espalda. Él se secaba el sudor, sin notar que le observaban. Pero al final la descubrió, al volverse para dejar en el suelo, bien doblada, su chaqueta. No le dio tiempo a hacerlo, cuando el hada le leyó la tercera pregunta, que resultó muy oportuna:

   — ¿Puedes derribar un árbol sin tocarlo? —dijo, muy seria. Y él se quedó un momento pensativo. Sin soltar el hacha ni la prenda de abrigo, le hizo a ella el gesto de que le acompañara hasta el río. Una vez ambos allí, él se plantó frente al tilo desnudo de hojas del día anterior. Y se dispuso, sin más, a darle hachazos… Ella quiso detenerle, angustiada. Alegando que eso sí que era tocar el árbol, aunque fuera usando una herramienta. Pero él se sonrió, tan sereno, como seguro de sí mismo. Y la apartó de sí con suavidad, dándole a entender que confiara en él.
  
 Cortó el grueso del tronco calculadamente, hasta que estuvo casi a punto de derribo. Y justo ahí, se detuvo:
   — ¿Lo ves? Sí lo he tocado ─dijo─. Pero no lo derribé. De momento, he cumplido —su mirada brilló con picardía. Y esa autoconfianza contagió de pronto al hada, que tuvo la ocurrencia de empujar el tronco ella misma. Pero él se lo impidió. Alegando, muy sensato, que debería hacerlo él en persona. Así que tomó la flauta de su cinturón, e hizo sonar la melodía feliz por vez tercera. Entonces una majestuosa silueta voló sobre sus cabezas. Era un hermoso halcón, que sobrevoló el árbol hipnotizado por la música, formando una espiral similar a la del viento que había arrancado sus hojas un día antes. Luego se posó en una de las ramas más altas, justo cuando cesó la melodía. El leñador guardó la flauta. Con el peso del halcón, el frágil equilibrio del tilo se descompensó del todo. Y su vencido tronco cayó limpiamente sobre el río, formando un puente natural entre las dos orillas. El halcón voló indemne, de regreso al brazo de un rudo guerrero que miró al leñador y al hada con fría altivez desde su cabalgadura en la distancia. Sobre todo al leñador, como si ya le conociera... Pero siguió al trote, ignorándoles. Y al ver cómo se alejaba, el hada pensó en la siguiente pregunta.

   Pero la guardó para otro día, igual que siempre. E intentó escabullirse ella también, como solía hacerlo. Aunque esta vez el leñador le cortó el paso justo a tiempo, interrogándola él para variar...

  Quiso saber el porqué de tantas preguntas. Y ella, que más que de sus besos, había huido siempre para evitar darle explicaciones, se vio atrapada y le contó a su amor platónico toda la verdad... 

  Cuando la supo en toda su extensión, el leñador reaccionó de la mejor manera, jurándole a ella que su vanidad no le cegaría. Le contó que él también la amaba a ella en lo profundo, en realidad, pese a que se conocían desde hacía muy poquito tiempo. Aunque, le aclaró, su contacto mutuo había sido muy intenso previamente, en cierto modo. Pues, si ella le había estado espiando a él durante meses a hurtadillas, igualmente él había gozado su presencia en el entorno del bosque montañoso desde siempre. Y no porque la hubiese reconocido a ella en persona alguna vez, aunque sí la había vislumbrado en ocasiones. Sino porque él amaba y conocía cada palmo del vivo paraíso que les envolvía a ellos ahora. Y, reflejado en cada minúsculo detalle, estaba ella.        

  De modo que trató de darle a ella confianza, y juró a la ninfa que él estaría a la altura con las preguntas que quedaban. Incluida la séptima, cuyo misterio le llenó de inquietud también a él...

  Por otro lado, le explicó que a él no le importaba que ella fuera un hada del bosque, y no una mujer común. Pues eso no le haría amarla más o menos. Ya que para él la vida era eso: vida, y no otra cosa, tuviese la forma que tuviese. Pues todo lo que se pudiera imaginar uno en el mundo, formaba parte de la misma naturaleza eterna. La cual bullía ahora envolviéndoles a ellos, allí en el viejo bosque montañoso, como dos criaturas más de él. Dos seres sencillos, algo fuertes y algo frágiles. Que se amaban entre ellos y sabían también amar la vida. Que podían gozar y sufrir igual que todos.

  Y luego él le contó cosas de sí mismo. Le explicó cómo se había hecho leñador, siguiendo el ejemplo de su padre que le había enseñado a amar el bosque. Su madre le había criado con ternura en casa, enseñándole a leer y escribir y a respetar a los demás seres. Ambos eran ahora ancianos, y vivían en la aldea. Y él prometió al hada que ellos también compartirían un hogar allí, muy pronto. Pero antes la presentaría a ella a sus padres, como su futura esposa...

  Ella se sintió muy halagada, pero le dijo a él que no fuera tan deprisa. Pues aún había algunas pruebas que salvar. Y, para distraer su atención, cuando él se ofreció a cumplir de golpe y allí mismo las cuatro que quedaban, le contó al leñador su propia historia... aunque no tenía mucho que contar.

   Apenas recordaba nada de su primera infancia, como si una niebla lo hubiese borrado todo en su memoria. Le narró lo poco que sabía por el guardabosques: que hubo un gran incendio y su madre la empujó, a salvo, hasta esa orilla del río en una balsa. Luego había crecido libre en lo más profundo de ese nuevo margen de la arboleda montañosa, criada por los osos. En un entorno salvaje que ella conocía más que nadie, mucho mejor que el leñador y el guardabosques juntos. Había pisado cada rincón mil veces. Conocía cada planta, cada mariposa, cada pájaro, cada semilla, cada piedra y cada gota de agua incluso. Y podía hablar y jugar con todo ello. Los seres del bosque eran sus amigos. Pero aun así se sentía sola. Muy sola… Por eso empezó a asomarse fuera. El guardabosques la cuidó desde chiquilla, y estuvo siempre cerca de ella. Hasta el presente, en el que su tutor pareció esfumarse...

  Le habló también a él sobre sus ojos, que el leñador miraba fascinado al escucharla. Le dijo que ella tenía una rara virtud gracias a ellos, que en realidad era un poder que la asustaba un poco. Cuando quería, podía ver lo más grande como si fuera muy pequeño. Y lo muy pequeño como si fuera enorme. De modo que podía captar y reconocer con un vistazo la montaña entera con todos sus detalles, en un pequeño espacio como si fuera una maceta. Y al contrario le sucedía igual: si, por ejemplo, se fijaba en un gusano y lo quería así, lo podía ver de pronto enorme, parecido a una gran morsa con colmillos. Si miraba la hoja de un arbusto y así lo deseaba, podía distinguir en ella con total detalle la sutil trama de sus fibras, dispuestas en perfecto orden como el tejido de un mantel...

  Y así, estuvieron charlando ambos largamente y conociéndose mejor el uno al otro. Hasta que casi fue de noche y el leñador tuvo que volver a la aldea a descansar. A la mañana siguiente, se encontraron en el río. Ella le esperaba sentada en el asiento de roca, cuando él apareció esgrimiendo el hacha dispuesto a trabajar cortando leña, como siempre. Y como siempre también, el hada le saludó leyendo su papel:

  — ¿Puedes vencer a un guerrero sin armas? —formuló ella la cuarta cuestión, deseando con firmeza que la respuesta de él fuese un “no” tajante. Pues temía que él probase suerte con el fiero militar que vieron la víspera, y que solía usar la montaña como coto de caza para descansar allí después de alguna batalla en otras tierras.

  Pero él no se apocó, y afirmó que sí podía. Y comenzó a presumir de su habilidad para el combate cuerpo a cuerpo. Afirmó, con fanfarronería, que había derribado de su montura a muchísimos guerreros como el cazador del halcón, en quien él también pensó, como ella se temía. Dijo que, tras descabalgarlos a la fuerza, podía matarlos luego fácilmente en tierra firme con el hacha, con la que fingió ante ella una pantomima ilustrativa… Pero añadió que siempre les concedía la oportunidad de una pelea de hombre a hombre sin armas, de hecho. En la cual él vencía cada vez, sin demasiado esfuerzo y sin dañarles gravemente. Se conformaba con humillar su orgullo de guerreros, según él. Y, como prueba de su triunfo, les exigía sus medallas, de las que ya acumulaba varios cientos...

  El leñador siguió con el dislate improvisado, hasta que la vio a ella muy tensa… Así que decidió actuar, sin más preámbulos. Su confianza era pareja a su capacidad para la fábula. Así que dejó el hacha allí, en el suelo. Prometió volver al río victorioso, y buscó al guerrero en su terreno de caza cercano. No tardó en localizarle, cuando vio al halcón merodeando por allí. El guerrero Iba lento a caballo, y él se cruzó en su camino adrede para provocarle, aunque sin éxito. Sólo logró una mirada de desdén desde la cabalgadura, así que insistió con la molestia. Probó hasta con insultos, pero apenas logró un gruñido del guerrero en su atalaya equina. Entonces recordó la flauta, y la hizo sonar cuando se alejaba ya el caballo. El jinete echó entonces el freno, de repente. Reculó con su corcel, y se encaró con el músico para verle mejor. La víspera creyó reconocerle. Pero ahora, al verle con la flauta, estuvo muy seguro. Así que le reclamó el instrumento como propio. No sin razón, pues en el fondo sí lo era...


  En realidad el leñador le había ganado la flauta a los naipes, hacía meses ya, en una timba de la aldea. Pero no de forma limpia, porque le hizo trampas a él y a otros. No pudieron demostrarlo, aunque sospechas sí tenían… Y ahora el guerrero revivió el suceso y se bajó de su caballo para recuperar lo que fue suyo. Sabía que la flauta era valiosa, y que incluso tenía un poder mágico. Pero nunca supo cómo usar dicho poder, como sí sabía el leñador muy bien... La había conseguido en una campaña en el Lejano Oriente. Se la obsequió un encantador de sierpes, en agradecimiento por librarle de la esclavitud a él y a toda su familia. Y ello cuando el guerrero derrotó con su sola espada y su fiereza a una horda de mercaderes bengalíes armados, que les conducían encadenados para venderlos como mercancía humana.  



Y ahora el leñador, que captó al fin su atención, tembló de pronto al ver al rudo guerrero desmontando, dispuesto a acorralarle para recobrar la flauta. Parecía alto a caballo, pero a pie lo parecía más aún. El aspecto de su anatomía era temible: muy ancho de hombros y con dos brazos enormes, y una fuerte mandíbula que le hacía parecer fiero incluso relajado. Y si se enfadaba como ahora, la cosa era peor aún. Pues en su mirada ardía el fragor de mil batallas, y apretaba sus puños enormes con la rabia de quien había sobrevivido a todas ellas. A un costado llevaba un zurrón de piel para las presas. Y al otro una gran espada, que no desenvainó.   

   Pero el leñador desarmado se armó de valor él. Y no se lo quiso poner fácil, aunque temió acabar él mismo dentro del zurrón... Cada vez que el guerrero daba un paso avante para reclamar la flauta, él daba uno atrás, amenazando con romperla. Hasta que el guerrero pareció darse por vencido, dispuesto a volver a su caballo y esfumarse en él. Como si prefiriese esperar una ocasión más favorable para recobrar lo que fue suyo... Pero el leñador no se conformó con eso. Y  amenazó aún al guerrero, a viva voz, con partir en dos el instrumento aunque éste hiciese mutis, si es que antes no se plegaba a obedecer cierto reclamo... El guerrero, que no quería ver la flauta rota, le preguntó qué es lo que pretendía exactamente. Y el leñador le exigió entonces una brillante medalla en forma de hexágono que el guerrero lucía en su pechera, como prueba de haberle vencido.

  No era una condecoración cualquiera aquella, sino la más insigne que el guerrero atesoraba, como premio a su sacrificio y su valor en la más dura campaña de toda su carrera militar. Aunque al leñador sólo le importaba obtener una evidencia de su triunfo... El guerrero pareció condescender, en un principio. Se quitó la medalla del pecho, y le dijo al leñador: «ven tú por ella». Pero el otro no confió y le replicó: «tíramela», haciendo gesto de cazarla al vuelo. Así que el guerrero obedeció, pero la arrojó al pie de un árbol a varios metros de quien le retaba, fingiendo teatralmente apuntar mal. El leñador tomó la burla como una pataleta en su derrota. Y murmuró para sí: «qué idiota, igual es mía», mientras caminaba a recogerla. Pero no vio el lazo disimulado con hojas en el suelo, cuya presencia junto al árbol el guerrero sí conocía bien. Pues él mismo había fabricado esa trampa como parte de su actividad de caza, lo mismo que otras muchas del coto que se sabía de memoria.       

  Así que, en un segundo, el leñador quedó colgando del árbol boca abajo. No llegó a tocar la medalla siquiera, y perdió la flauta con el súbito incidente. El guerrero se acercó y recuperó la condecoración del suelo. La mojó con un escupitajo, la secó contra su pecho y la volvió a prender en él. Tomó luego la flauta y la intentó tocar, aunque sólo obtuvo un ruido horrísono. Se la guardó en su zurrón de cazador. Y escuchó enseguida las súplicas del leñador, que le rogó que le bajara de allí ya. Él miró a su presa humana con sarcasmo, sin decir palabra. Y se dirigió al caballo sin demasiada prisa. Volvió montado en él al árbol, y ató una nueva soga a las manos del leñador, antes de cortar de un tajo la que le mantenía suspendido. Cayó éste igual que un plomo, entonces. Y luego la cabalgadura le arrastró sin compasión, tragando tierra y recibiendo golpes y arañazos hasta el río. Una vez en él, el jinete le hizo probar también el agua como parte del castigo, tirando de su peso muerto a lo largo de la orilla donde no estaba profundo. Así que no se ahogó, pero sí que tragó líquido y le abrasaron los guijarros. Y al final, el guerrero soltó su extremo de la cuerda con una risotada, y cabalgó libre perdiéndose en la lejanía.

  La ninfa corrió a socorrer a su amor, que estaba entero pese al trauma del arrastre y las magulladuras. Lo más dañado era su elevado orgullo, a fin de cuentas. Y lo peor era que, justo por culpa de ese desmedido amor propio, había fracasado él en la cuarta pregunta, echándolo todo a perder...
  Ella sí se lo echó en cara, gritándole al principio. Pero sobre todo le pudo la amargura. Y se sentó en la roca plana, muy triste entre lágrimas:

  —Puedo ver las cosas de un tamaño distinto, cuando quiero. Pero si lloro, mis lágrimas son como una lupa. Y las veo siempre grandes, sin querer— dijo con voz rota, secándose los ojos. Él dejó de lamentarse, con el cuerpo aún dolorido. Y se acercó a ella para consolarla, sentándose a su lado en la roca.
  —A mí también me pasa, ¿sabes? —Dijo él, con melancólica ironía—: si estoy triste, veo demasiado grande todo.

Ella sonrió apenas, mirándole con una triste dulzura. Y murmuró una esperanza:

 —Quizá aún haya una oportunidad, quién sabe. Si apareciera el guardabosques...

  Y justo al decir eso, el anciano hizo acto de presencia en el río. La ninfa corrió a abrazarle después de tantos días sin verle. Y le explicó todo atropelladamente, entre ruegos. 

  Él sí la abrazó, y la besó paternalmente. Pero se mostró muy serio con respecto a su reclamo. Miro más severo aún al leñador, que no supo qué decir, esperando un veredicto. Y por amor a ella, pensó en darle a él una oportunidad únicamente.

  — ¿Cuál es la siguiente pregunta? —inquirió el anciano. Ella sacó el papel para leerla, pero el resto de una lágrima le hizo ver la tinta aumentada. Así que sólo distinguió una maraña irregular de abigarradas celdas curvas, como en la superficie de una esponja.
  —Arriesgar tu vida por cualquiera... ¿podrías hacerlo? —el guardabosques comprendió y citó por ella, de memoria. Y el leñador aceptó el reto, aunque sin el derroche de vanidad habitual. Por una vez fue humilde al decir “sí”, sin más alardes. Y justo la única vez que la respuesta sólo podía ser esa, y no otra. Pues negarse al sacrifico habría sido el colmo, tras haber aventurado él su felicidad y la de ella cegado por su orgullo.

   Lo que no sabía el leñador era cómo podría arriesgarse, pues la ocasión de salvar una vida no se le presentaba a uno con frecuencia. Y menos iba a ocurrir entonces porque sí, sólo porque él lo requiriese. Además, no se podía forzar eso, ni siquiera tocando una flauta mágica...

  Pero él no estaba en posición de objetarle nada al guardabosques, que le dio de plazo hasta el día siguiente para el reto, ladeando con escepticismo la cabeza cuando lo hizo. Como si tuviese serias dudas de que el leñador pudiese cumplir bien, incluso si la improbable ocasión se presentaba. Besó en la frente al hada y les dejó solos...

  Al contrario que el anciano en cuyas rodillas creció, ella sí confiaba en el leñador en lo profundo. Pero ahora sintió más angustia que nunca, y se perdió triste en el bosque, a paso lento. Él no trató de seguirla esta vez. Se sentó a solas en la roca plana, pensativo. Y esa noche apenas pegó ojo en la aldea. Con el alba, subió a la montaña a trabajar. Eso le mantuvo distraído. Aunque bajo la presión de compensar su error en tiempo récord, con el siguiente reto que no veía cómo podría surgir...

  Pero al cabo tuvo suerte, cuando salió de la profundidad de la arboleda y se acercó al río para limpiar las herramientas, como siempre hacía. Enseguida escuchó fuertes rugidos y un grito de pánico. Y vio al guerrero del halcón en grave trance tumbado boca arriba, atacado ferozmente por el oso que habitaba la otra orilla. Había usado éste, para cruzar hasta allí, el puente natural del tilo que el leñador tumbó dos días antes con ayuda del halcón y de la flauta. La fiera le había herido un brazo ahora al guerrero, el mismo con el que éste trató de usar su espada contra ella previamente. Pero terminó perdiendo el arma, lejos de su alcance. Y ahora el animal se abalanzaba sobre él sin misericordia alguna, dándole fuertes zarpazos en el suelo. Y ello tras haberle derribado limpiamente, pese a su hercúlea corpulencia humana que no se equiparaba a la de un oso tan enorme...



  El leñador no se lo pensó dos veces. No sólo no le importó salvar a quien le había humillado gravemente tan sólo un día antes. Sino que incluso olvidó que, haciéndolo, cumplía de paso con la prueba. Fue tal su alerta y su ansiedad en ese punto, que sólo le importó el deber, y se jugó la vida por un semejante sin pensar en nada más.

  Llamó al oso a los gritos, provocándole. Y consiguió enseguida su objetivo. Pues el inmenso animal dejó en paz al guerrero y la tomó con el recién llegado. Éste reculó, sin saber muy bien qué hacer contra aquella mole salvaje, una vez que atrajo su atención como él quería. La enorme bestia le persiguió primero, cuando al final el leñador echó a correr. Y se puso luego sobre sus dos patas cuando le dio alcance acorralándole, como para observarle bien en esa pose... Demostrando de esa forma su poder físico de paso, dispuesta ya a agredirle con fiereza. El guerrero había quedado lejos de ambos. Pero aprovechó la exhibición del oso para incorporarse a duras penas, maltrecho como estaba, y recuperar su espada del suelo. Se la lanzó con puntería al otro, para que éste se defendiera de la bestia.  


   El leñador esgrimió entonces el arma con ambas manos firmemente, como si fuera su hacha propia. Y se dispuso a atravesar con ella al animal, cuando éste se le echaba encima ya. Pero entonces alguien gritó: “¡No! ¡No lo hagas!”, justo a tiempo. Y fue el oso quien bajó la guardia de repente, al oír eso. Volvió a ponerse a cuatro patas y se alejó de los dos hombres, mansamente. La ninfa, que era la que había dado el grito, le acarició luego la cabeza, cuando se cruzaron ambos. Y finalmente la fiera atravesó el río usando el tronco, de regreso a su orilla.     

   La joven hada había sentido el mismo pánico que ellos cuando escuchó los gritos desde lejos, en la profundidad del bosque. Después corrió y se asomó a la escena en la arboleda. Y ahora confirmó el buen estado de su amado, de un vistazo. Y enseguida corrió a socorrer al guerrero, que era quien de verdad estaba herido. Le sanó a éste las heridas lo mejor que supo, con sus artes de ninfa curandera. Y le hizo también un cabestrillo para el brazo herido, usando su zurrón de cazador. El guerrero le agradeció todos sus cuidados con una elegante reverencia. Y luego usó su brazo sano para estrechar la mano al leñador, dándole las gracias por haberle salvado la vida. Además, le ofreció lo que quisiera como premio, incluida la flamante medalla por la que el leñador había mostrado interés el día anterior. Pero su salvador fue respetuoso en ese aspecto. Y aunque la medalla era una prueba evidente de victoria, prefirió renunciar a eso. Así que le pidió recuperar la flauta en su lugar, a lo que el otro accedió sin poner pegas. Al fin y al cabo, sólo el leñador sabía extraer la magia al instrumento. Y en todo caso el guerrero estaba en deuda, así que se la devolvió y quedaron en paz ambos. Luego hicieron la comida y almorzaron los tres juntos: el guerrero, el leñador y el hada, alrededor del fuego.

  El guerrero comió bien y se recobró pronto del ataque del oso, pues su cuerpo estaba hecho al sufrimiento. Y les habló a los otros dos justo de eso, de las más duras batallas que él había vivido. Se las narró de una manera intensa pero verosímil, sin hacer grandes alardes. Lejos, así, de las pomposas fábulas que el leñador improvisaba en sus delirios de grandeza. Le escucharon fascinados ambos, con admiración y respeto. Luego, cada cual contó sus cosas, y al final el leñador amenizó la sobremesa con su flauta, y bailaron con buen ánimo los tres.

  Congeniaron bien en poco tiempo. Pasaron juntos el resto del día.  Y al anochecer, ya se habían hecho amigos. No extrañaron gran cosa al anciano, aunque se preguntaron en dónde estaría. Al final de la jornada, la ninfa volvió al bosque, el guerrero al coto y el leñador a la aldea. Antes, se citaron a primera hora, en el río. Y a la mañana siguiente, el guardabosques les esperaba allí a los tres. La ninfa corrió a besarle, y le explicó todo lo sucedido con el oso, y el valor que el leñador había mostrado. El guerrero, que llegó a la cita casi a la vez que ella en su corcel, confirmó la versión, asintiendo muy solemne. Y el anciano miró muy fijamente al leñador, que fue el último de todos en llegar, a pie:

  —Enhorabuena, cumpliste bien la última prueba —dijo—; y la anterior también, en realidad. Pues ciertamente has vencido a un gran guerrero. Y de la mejor forma posible: ganando su respeto.
  El guerrero sonrió y también el hada. Y el leñador no supo qué decir, algo inseguro. Así que el guardabosques siguió hablando:
  —Bien, has cumplido las seis veces. Ahora sólo queda la séptima pregunta...
  —Pero olvidas una —corrigió el hada, leyendo su papel—; aún queda la sexta: « ¿Puedes demostrar su error a un sabio? » 

  —No, esa ya está —objetó el anciano—; no me tengo por sabio, pero sí he vivido muchos años —explicó—; y, si algo sabio era, la vejez me ha hecho aprender más. Honestamente ─añadió─ nunca confié en que el leñador cumpliera... pero sí lo hizo, y tengo que admitir mi error en eso —alargó su mano al aludido, sonriéndole de manera abierta por primera vez. El otro se la estrechó, y de pronto se relajó del todo. Así que volvió a ser él mismo de nuevo, recobrando todo su vanidoso aplomo en un soplo:
  —Bien. ¿Y esa séptima pregunta? —Retó al anciano, impaciente—; dime ya cual es, y resolvamos esto ahora...
  —No. No es momento aún. Será mañana. Hoy es noche de brujas. Disfrútenla, y luego nos veremos...

  El anciano hizo mutis y les dejó solos. Y el leñador y el hada tuvieron que prolongar más la zozobra. Pues ciertamente ambos tenían miedo de que toda su felicidad y su futuro se derrumbasen justo ahora, cuando estaban tan cerca de pasar la prueba. Sobre todo el hada, pues, aunque ella sí había confiado en el leñador desde el principio, temía ahora más que nunca que éste lo estropease todo con la insensatez de su arrogancia, una vez que se volvió a sentir seguro de sí mismo. Y teniendo en cuenta, sobre todo, el riesgo que entrañaba la séptima cuestión, que ella ignoraba. Pero que debía ser muy delicada sin duda, tal como le advirtió el anciano. El cual nunca bromeaba con las cosas serias, y jamás le había mentido a ella, además.

  El leñador sintió la angustia de la ninfa entonces, y no dudó en tranquilizarla. Diciendo que confiase en él como hasta ahora, y que no sería tan difícil...
   
Así que, de momento, ella se calmó al respecto. Y como la víspera, los enamorados y el guerrero pasaron la jornada juntos. Hablaron, rieron, bailaron, jugaron, e hicieron mil cosas distintas, lo mismo que un feliz trío de amigos correteando juntos por el río y por el bosque. El leñador enseñó al guerrero a trasplantar arbustos sin dañarlos. Y el guerrero le enseñó a él a manejar la espada con fuerza, sin perder el equilibrio. El hada, por su parte, les adiestró a los dos en distinguir las huellas de los animales más pequeños. Incluso las de los que no dejaban huella. Pero ello a condición de que nunca los mataran...

  Y cuando llegó la noche, a ellos les costó mucho convencerla de que bajara a la aldea para la fiesta de brujas. Pues aunque se sentía cómoda con el anciano guardabosques y con ellos, la ninfa del bosque no se sabía desenvolver bien entre humanos, y le parecía un riesgo mezclarse de golpe con una gran cantidad de ellos en la fiesta. Temía que se diesen cuenta que era un hada, y se burlasen de ella o la dañasen de algún modo. Pero el guerrero y el leñador hablaron al unísono, prometiendo que la protegerían bien allí, y que no consentirían que sufriera menoscabo alguno. Alegaron que, además, sólo sería una noche. Y que en las fiestas todo era distendido. Así que nadie se fijaba mucho en los demás, entre el alcohol, la confusión del baile y la música.   

  Sostuvieron, además, que aquella era una fiesta de máscaras, y que todos se disfrazarían de monstruos o de seres mitológicos del bosque. Y que por tanto ella, como ninfa, pasaría desapercibida en ese ambiente, pues su natural aspecto feérico parecería un disfraz más.

   De modo que al final la convencieron y bajó a la fiesta, aunque no se quiso despegar de sus amigos. Y efectivamente, nadie se fijó en ella demasiado. Sí captaron muchos su hermosura, lo mismo que lo profundo de sus ojos y la delicadeza de sus gestos. Pero el frenesí del aquelarre colectivo impedía centrarse en nadie demasiado tiempo, tal como le habían dicho a ella para disipar sus miedos.

  El único que logró protagonismo al final fue el leñador, a quien alguien pidió que hiciese música. Él, fiel a su vanidad, no rechazó la oferta. Estaban los tres sentados al pie de una hoguera, mezclados con la gente. Y el leñador sacó la flauta e improvisó algo con ella. Fue una música orgiástica, más jovial que su melodía alegre, y más conmovedora que la triste en su pasión profunda. Sonó como si la voz de todos los espíritus del bosque, brotase de la flauta para que éstos pudiesen celebrar su libertad en esas notas. Bailando en un acompasado caos armónico, sincronizado con el ardor y la sinuosidad del fuego...

 De hecho, la turba humana congregada allí, se contagió de la mística esencia de esa música, y aumentó su frenesí al oír la melodía. Bailaron con más fuerza y alegría alrededor del fuego. Y cuando el leñador terminó de hacer sonar sus notas, aplaudieron todos con estrépito. Tanto fue su éxito allí, que arrojaron toda clase de obsequios a sus pies como tributo: lazos, máscaras, monedas, e incluso alguna joya simple. Se hizo el silencio de pronto, y se abrió un pasillo en los que le homenajeaban. Con una solemnidad algo teatral, pero sincera, el guerrero se aproximó al flautista con su brazo en cabestrillo. Desprendió de su pechera la medalla con la mano libre. Y, con una reverencia, la arrojó a los pies del leñador, con los demás tesoros...

  El leñador quedó impactado con aquel honor frívolo en parte pero, en el fondo, muy sentido. Tomó del suelo la medalla, negándose a aceptarla. Y se la prendió él mismo de vuelta a su amigo, en el pecho. Todos dijeron: “¡oh!” a coro, y aplaudieron. Nuevos músicos amenizaron el instante. Y entonces, el guerrero gigante tomó al flautista en alto con su único brazo sano, por sorpresa. Giró y giró con él sobre sus talones al ritmo de la nueva música, entre las risas de todos y cargando como si nada el peso muerto del leñador de esa curiosa guisa. Éste protestó una y otra vez para que le bajara, entre avergonzado y molesto. Y temiendo además que el guerrero, que había bebido lo suyo y se tambaleaba un poco, terminase por perder el equilibrio o la fuerza del único brazo sano que tenía. Haciendo de ese modo literal la fiesta de brujas, si es que le terminaba soltando por azar con tanto giro, y él acababa cayendo y abrasándose en la hoguera...

   Pero la cosa fue bien, y luego el leñador rió con todos, por mantener el tipo después de haber sufrido ese ridículo. La ninfa también soltó una carcajada con la escena, ya confiada por completo e inmersa en el ambiente.

  Así que, cuando estuvo libre del gigante con sus dos pies en el suelo, el leñador aprovechó para flotar de nuevo, besando al hada por sorpresa apasionadamente. Nunca lo había hecho, pues siempre lo impedía algo. Y ella no se resistió, llena de gozo… Tras la fiesta, el leñador se quedó en la aldea a dormir. Y el guerrero devolvió a la ninfa a la montaña en su caballo. Se despidieron ambos en el río: ella se fue al bosque, y él al coto. Y con el alba del primer día de noviembre, el trío se reunió de nuevo en el cauce. Con la resaca de la fiesta aún. Pero, sobre todo, con un nudo en la garganta ante la incertidumbre de la séptima pregunta...



El anciano les esperaba sentado en el asiento de roca. El guerrero, que decidió hacer acto de presencia en ese trance crucial por respeto a sus amigos, no quiso estar de más tampoco. Así que les deseó suerte sin bajarse del caballo, con su brazo en cabestrillo y las riendas en la mano libre. Se alejó al trote enseguida. Y la ninfa se acercó entonces a su amor, que estaba algo apartado justo al pie del puente natural del tilo.


  Pegó su rostro al del leñador. Mirándole muy fijo con sus abisales ojos de elfo etéreo, que concentraban toda la luz de la galaxia. Y que la devolvían luego hecha un dorado manojo de haces luminosos, igual que hacía el sol del mediodía cuando se filtraba en la arboleda. Era una mirada de exigencia y súplica a la vez. Tan conmovedora y tan profunda, que él sintió un escalofrío, e improvisó una declaración solemne de intenciones.

  Le dijo que él la amaba con su vida, y que podía confiar en él completamente. Le juró que, para despejar cualquier peligro o cualquier trampa, simplemente respondería un “no” tajante a la séptima pregunta, por muy sencilla que le pareciese. Así la cuestión fuese si sabía cortar leña, que era justo su trabajo. O algo más sencillo, como por ejemplo si podía sostenerse sobre un pie. O incluso si sabía beber agua... Aclaró que lo había meditado mucho, y entendía que la vanidad le había cegado siempre. Pero que había aprendido la lección muy bien, al fin. Así que le juró a la ninfa por el amor mutuo entre ambos, que no le fallaría en esa ocasión tan decisiva, ni tampoco en el futuro que soñaban vivir juntos. Luego acarició el suavísimo cabello de ella que a él le fascinaba tanto, del mismo tono cobrizo del bosque en el otoño. Y la besó con infinita ternura en la nariz… Así que ella se sintió más confiada. Aunque se acercó al anciano muy despacio, con la angustia prendida aún en su espíritu.

  Pegó su oído, y el viejo guardabosques le susurró en él la pregunta…

Por un momento ella sonrió ampliamente, y su rostro se iluminó lleno de ánimo. Pero enseguida reflexionó para sí misma, y se quedó profundamente triste, comprendiendo...

  El anciano y ella se miraron fijamente. Y el hada supo que ya no había marcha atrás. Así que regresó a donde estaba su amado, cabizbaja y arrastrando los pies. Él notó cómo temblaba, incluso. De modo que la sujetó del rostro suavemente, jurándole de nuevo que no le iba a defraudar. Y por fin, ella reunió fuerzas y le hizo a él la última pregunta, con un filo de hielo en la garganta:
 —Dime, leñador. ¿Puedes hacer bailar con tu música a los ángeles? —dijo, con voz trémula. Él, que la escuchó con gravedad, se sonrió de oreja a oreja de repente. Y ni siquiera vio el gesto de pánico de ella, cuando soltó una carcajada y empezó a fanfarronear con desvarío:
  —¡Ha, ha! ¿Era eso? ¡Pues claro que sí puedo! ¡Soy un músico excelente! 
—Alardeó, ensayando un brinco —todo el mundo sabe que lo soy... y hago bailar a todos, humanos y animales incluso— sacó la flauta y empezó a gesticular fuera de sí, fingiendo hacer música con ella —; ¿a los ángeles, dices? —Se centró más en la pregunta—: ¡eso es fácil!  De hecho, una vez toqué mi flauta tan bien, que se escuchó un trueno, la tierra tembló y se abrió de par en par el cielo. Y escuché arriba el aplauso de los ángeles, que hicieron lo mismo que el guerrero en la fiesta, ¿lo recuerdas? —Se dirigió a ella, sin mirarla—; sólo que, en vez de medallas, cada uno de ellos se arrancó una pluma, y la arrojó a mis pies como homenaje... llovieron sobre mí plumas por miles, por millones... ¡qué gran éxito! — Siguió borracho de euforia, haciendo mímica al improvisar la fábula, para la que se inspiró en la fiesta de la víspera—; ¿los ángeles? ¡Ha, ha! ¡Qué tontería! ¡Puedo hacer que baile todo el universo!... ¡mira! —aprovechó el vuelo de una mariposa, que rozó su hombro por azar en ese instante. Y tocó la flauta de veras, como prueba. La mariposa, que pasaba ya de largo, se quedó entonces prendida de la música. Y voló como pegada a la flauta, que él movió adrede sinuosamente, zigzagueando, para manipular su vuelo convirtiéndola en una marioneta danzarina...

  Dejó de tocar de golpe, y la mariposa se posó en la punta de la flauta, inmóvil. Él la despertó de su hipnotismo, rozándola muy suave con el dedo. La mariposa voló libre, dando fin a la demostración. Y él buscó, tan satisfecho, la aprobación tras su ocurrencia. Pero sólo se encontró el rostro gélido del anciano guardabosques. Y la mirada desolada de la ninfa, que balbució un reproche que, al final, culminó en un grito histérico:

  —¡Idiota! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué no pudiste simplemente decir: “no”?!
  Le recriminó, fuera de sí. Y él todavía tardó un rato en comprender lo que había hecho.     
   —Pero... ¿qué hay de malo? —intentó justificarse, confundido—; dije la verdad... ¡todo baila con mi música! ¿No lo has visto? —aludió a la mariposa, como prueba.
   —¿Ah, sí? —Ella siguió indignada, a viva voz— ¿Y los ángeles?
   —Pues… también... —rubricó él, no muy seguro.
   —Ajá, ¿y dónde está la prueba, eh? —ella le clavó los ojos, con ira contenida.
  —Pues... bueno... hay quien cree que existen, aunque no se vean —trató él aún de defenderse, pero le empezó a poder la angustia, trabándose al hablar—. Además “hacer bailar a los ángeles” es... es algo alegórico… una forma de hablar. Como diciendo “ser un músico excelente”. Yo… yo entendí así la pregunta, no como algo literal...
  —Exacto: no era literal —ella mezcló la rabia con las lágrimas que se asomaban a sus ojos. Y él ya terminaba de entender su error, pero buscó una excusa todavía, lleno de ansiedad:
  —Pero... ¡así fue con las demás pruebas! —Afirmó—; no todas las cumplí tal como decía la pregunta. Hice algunas trampas: el pez lento, el torbellino en las hojas del árbol, el halcón tumbándolo...
   —Sí... pero el pez era pez. Las hojas, hojas. Y el árbol, árbol —objetó ella, sacándole de la inopia—; y los ángeles ¿dónde están? ¿Y sus plumas?

   Ella, que había hecho pedazos el papel con las preguntas con la rabia, se lo arrojó como confeti a la cara: "¡Ahí las tienes!" —se desahogó con él así, llena de ira. Él se quedó en total silencio, razonándolo al fin todo y sin saber qué hacer ni qué decir. Bajó la mirada de golpe, derrotado. Luego, ella respiró profundo. Y miró suplicante al anciano, que había contemplado con decepción toda la escena. Pero sólo obtuvo una negativa, cuando el guardabosques ladeó la cabeza antes de irse, encogiéndose de hombros como quien no puede hacer ya nada. De modo que, sin más, los dejó solos, abandonando el río. La ninfa se apartó del leñador y ocupó el asiento de roca, llorando sin consuelo. 

 Él estaba desolado, se sentía culpable y estúpido. Gritó su rabia inútilmente, maldiciéndose a sí mismo por haberlo echado todo a perder. Reparó en el dolor de ella, y se le acercó muy cuidadoso en actitud de consuelo, murmurando una disculpa en vano:
  —Lo siento... —fue todo lo que acertó a decir. 
 —No es tu culpa —le excusó ella, con una triste ironía—; te pedí demasiado. Eres humano y eres frágil, no debí esperar lealtad...
  —¿Y ahora? —él no trató de defenderse ya.
  —Ahora...nada. Es el momento de regresar a mi origen —ella miró al bosque profundo, en la orilla opuesta del río. Se secó los ojos y se puso en pie.
 —Pero... ¡espera! —él la sujetó de un brazo, irreflexivamente. Con la angustia de perderla en un segundo, y el dolor de no volver a verla más.
 —Esperar ¿a qué? —ella se liberó y le miró a los ojos, con dureza. Y añadió—: quiero pedirte algo...    
  —¿El qué? —preguntó él, sin retenerla más.
  —Quiero que toques para mí tu melodía triste, ahora —dijo el hada, estoicamente—; quiero escucharla cuando desaparezca en el bosque. Y guardarla siempre en mi memoria.
  —No, no haré eso —él se contagió de su melancólica entereza, de repente—; no tocaré la triste. Tocaré la alegre.
  —¿Por qué? —preguntó ella, sorprendida.
  —Porque en sólo siete días —dijo él, solemnemente— me has hecho el hombre más feliz, sin merecerlo. Me llenaste de ilusión y de amor puro —añadió— y me hiciste más sensible y más valiente. Me enseñaste a amar el mundo con más fuerza, comprendiendo todo lo importante. A frenar el tiempo lo preciso —prosiguió— para que su corriente no me arrastre igual que a un pez. A contar cada valioso día como único, como si fuera una volátil hoja de árbol. A elevarme en libertad como un halcón, derribando todos mis obstáculos. A vencer al guerrero frágil de mi orgullo, afrontando la humillación de la derrota. A encarar la mortal fiera de mi pánico, anteponiendo la vida ajena a la mía propia. A entender que hasta el más sabio puede  juzgar mal, y la mayor inteligencia es admitirlo humildemente...

 «Y, en definitiva —prosiguió— a equivocarme yo de la peor forma, para aprender la lección más importante. Pero también la más dura de todas, cuando el error ya no tiene arreglo: que se puede arriesgar todo por amor, hasta la vida. De forma loca incluso, en pos de un sueño. Pero no poner en riesgo el amor mismo, como quien sueña despierto al perseguir, en las alturas, un ideal que ya tiene a ras de tierra, entre las manos...
 

»Me enseñaste que amar es la auténtica victoria —concluyó—. Pues, ser amado, es sólo una medalla. Pero todo lo arruiné, y no tengo disculpa… Cada mañana —añadió finalmente— acudiré aquí mismo, al río, y haré sonar mi melodía. Aunque no vuelva nunca a verte. Con la esperanza de que las notas de mi flauta te lleguen de algún modo, conducidas por la brisa, como un mensaje de amor eterno para ti».

  Y al terminar su emotiva exposición, inspirada en las siete pruebas vividas, el leñador se dispuso a pasar la peor de todas. Tomo las manos de ella, que escuchó cada palabra suya con un profundo sentimiento de amor y de dolor, mezclados. De unión total con él y de absoluta soledad al mismo tiempo, que también el compartía.
 —Te amo, leñador. Más que a mi vida. Pero ahora debo irme —fue todo lo que dijo el hada. Le dio a su amado un beso dulcísimo en los labios. Y encaró a paso muy lento el grueso tronco que atravesaba el rio como un puente, en dirección al bosque virgen para no salir ya más de él. Él sacó su flauta. Y, cumpliendo con lo prometido, hizo sonar su melodía alegre, tragándose el dolor que le rasgaba por dentro...

La música feliz sonó chocantemente trágica en esa tesitura, mientras ella iba cruzando el tronco lentamente. Pálida, cabizbaja y ausente lo mismo que un fantasma... A él le costó muchísimo tocar, trabándose más de una vez por la amargura. Y a ella le ocurrió lo mismo al caminar, vacilando en sus pasos aunque el puente sí era relativamente sólido...

 Y entonces sucedió algo inesperado, cuando ella estaba justo en la mitad del tronco. Sonó un potente trueno y tembló todo, con estrépito. En un momento, se levantó un viento huracanado. Y el tupido manto de las nubes se desgajó arriba, como si se abriese el cielo... El río creció de golpe, y sus aguas se revolvieron, turbulentas.  Azotaron con violencia el tronco, que osciló y perdió su apoyo en tierra, haciendo caer al hada al agua...

  Ya la arrastraba la corriente, cuando el leñador tiró la flauta lejos. Se deshizo en un segundo de su pesado cinturón de herramientas. Y de la gruesa chaqueta de piel que le asfixiaba a veces, y que ahora sería un estorbo aún mayor, para nadar. Se quitó también las botas muy deprisa, y se lanzó sin más al cauce, para rescatarla. El agua se llevó el tronco río abajo. Y él la ayudó a ella a regresar a la orilla, sana y salva...

 Tiritaba empapada, y él corrió por su chaqueta de piel para cubrirla bien. La envolvió con ella, y pegó su cuerpo al suyo para darle calor. El fuerte viento había cesado, y el río volvía a estar en calma. Pero la temperatura descendió mucho, de golpe. El cielo parecía traslúcido de pronto, y dejaba filtrarse una luz vibrante y blanca. Los dos sintieron mucho frío, abrazados mirándose a los ojos...

  Entonces, ella escuchó algo. Una melodía lenta y triste. Conmovedora y leve, que le calaba más que el frío. Él no la oyó al principio, hipnotizado por los ojos de la ninfa, en los que nacieron sendas lágrimas...     

 El hada miró un segundo hacia el asiento de roca, por encima del hombro de su amado. Y en ese hombro, terminó por posarse algo sutil, que ella vio caer primero suavemente, balanceándose al compás de la música. A través de sus lágrimas, le pareció una bonita estrella de seis puntas. Decorada con laureles y con un hexágono en su centro, similar a la insignia que el guerrero lucía en su pecho con orgullo. Y enseguida vio caer otra casi idéntica. Y luego otra...

   Sonrió, maravillada. Y miró de nuevo hacia el asiento, como esperando una respuesta... El anciano guardabosques interpretaba allí, en la flauta abandonada, la música triste del leñador que la arrojó para auxiliarla a ella. Y ahora el anciano le devolvió a la ninfa la mirada, asintiendo satisfecho en tono de aquiescencia, y siguió tocando...

 Entonces el rostro de la ninfa recuperó todo el color y se iluminó, feliz. De pronto, ya no tenía frío. Y el leñador, que la abrazaba de espaldas al improvisado músico, sonrió con ella por inercia, sin acabar de comprender... Así que se giró él mismo lo bastante, y encontró el asentimiento mudo del viejo guardabosques, él también. Pero el leñador seguía sin entender lo que pasaba. De modo que ella se rió de él, con ternura, mientras nuevas estrellas descendían muy despacio hasta su cuerpo:

  —Mira arriba, tonto —le sujetó de la barbilla, haciéndole dirigir la vista al cielo.

   Y entonces el leñador, que no lloraba, pudo ver cayendo suavemente sobre él y sobre ella y sobre el anciano y sobre el bosque, una delicada lluvia de cientos, miles, millones, miles de millones de copos de nieve como plumas de ángeles.  










                                                    © Bonifacio Álvarez Gutiérrez.                ____________________________________________________________________                                   



 




3 comentarios:

  1. Soy un hombre de avanzada edad.que ha encontrado de repente la maravillosa oportunidad de volver a sr niño a travez de esta fabula y la he leido toda.maravilloso.gracias

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  2. sencillamente fantastico,estoy soñando y nunca lo habia hecho.gracias

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  3. Gracias a usted por sus comentarios. Me alegra que le haya causado ese sentimiento profundo mi historia. Es una fábula intemporal como la propia ilusión, que no se pierde nunca cuando uno la tiene de verdad. Así cumpla uno cien años.

    Un abrazo, y vuelva cuando quiera.

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