lunes, 30 de enero de 2017



 Tercer brochazo en la cerca de Tom Sawyer. Una amable colaboración de Antonio López Peláez, en forma de dos textos de sugestivo ambiente y pulcro estilo, que de verdad valen la pena.    

Aquí los tienen:

 http://paraguascongoteras.blogspot.com.es/p/en-la-frontera-el-puesto-de-control-no.html

La web del autor, aquí:

https://antoniolopezpelaez.com/

domingo, 29 de enero de 2017

Dos poemas, para Z



Obra propia (sin título)



 De vez en cuando iré rescatando algunas cosas de las diversas secciones de este blog, para ponerlas en el escaparate y que les dé la luz un poco.

 Ahí van un par de poemas propios. Aquí hay algunos más:

http://paraguascongoteras.blogspot.com.es/p/poemas.html

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PERFECCIÓN   


Alerta e impasible en cada ciclo,
como sibila insomne,
Tus manos acarician páginas en blanco,
serenas pero ávidas.
Y leen lo que no veo.
Y ven lo que yo sólo sé leer.
Tu acento dice, sin hablar, cosas no dichas.
Y, a veces, calla con un nudo en la garganta.
Eres como un grito de rabia en el vacio,
y también como un suspiro de calma en la vorágine.
Eres nada y todo, porque nada necesitas.
Porque todo es horizonte frío
bajo el dosel iridiscente de tus alas.
Eres todo y nada, porque todo te conmueve,
porque lo amasas todo con tus manos
de delicado orfebre,
 y lo haces claro y pequeño.

Eres pasión más fuerte que el dolor.
Llaga abierta envuelta en un abrazo.
Vivo alcázar que es hogar y fortaleza.
Oro y mármol que pisa un ángel fiero
pero tímido, con los pies descalzos.

Amo el traslúcido vuelo de tu ser
que, por ser él fuego, no puede arder en una llama;
la fugaz polilla que aletea
en su vaivén de seda inaprensible,
y brilla en el fulgor que eres tú misma,
etéreo silfo de mirada plena.
Y esa luz invisible opaca todo.

Pero lo mismo vuelas y sonríes
y no dices por qué, pues no hace falta:
tu razón es un arcano parpadeo,
tu silencio nombra con sutil acento
el alma de las cosas.

            Te doy más amor del que podría darte,
porque también de ti lo obtengo.
Porque me expando y me consumo en tu sol vivo.
Y alzo el vuelo intacto yo, riendo,
sin delatar mi sombra que te adora.
Para abarcar mejor, desde lo alto,
tu insólita verdad, inexpugnable y frágil.

Más allá del tiempo y el espacio,
del reloj y del compás,
del fuego y de la sangre.
Más allá de todas las batallas,
donde el fénix resurge pero agacha la cabeza,
se alza sublime, cual rosa intacta en un incendio,
tu humilde perfección.
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Existes tú. Existes tú.
Nunca lo olvido... pero sí lo olvido.
Tenue en apariencia, a veces,
como oscilante llama inextinguible
que me consume en la pasión de ser yo mismo,
mi materia y mi límite,
pero ardiendo en ti y por ti.

Siempre eres brasa y, a veces, llamarada en mi vida.
Cuando brotas, te tomo de ambas manos,
para bailar los dos en torno a un fuego puro
que alimentamos ambos y aleja lo funesto.

Y si no estás, recuerdo que estás cerca,
que estás aquí... aunque siempre estás aquí.
Pues "aquí" no es un lugar, "aquí" es mi todo;
"aquí" es "en mí", en mi ser que fortaleces.
“Aquí” es cada lugar por el que paso
con tu sombra a mis pies, cuidándome.
Cada sitio en el que permanezco,
contigo estática también, igual que un sol que no me quema.

Pues también eres el árbol a cuya sombra leo
el libro de mi vida, mientras tú pasas las páginas
con tus dedos de nieve
que son caricia en mi cuerpo algunas veces.

Pues "siempre" sólo lo es tu voz en mí,
siempre en mi presente y mi memoria.
Tu voz que me acompaña y me estremece:
que me hace temblar, casi sin miedo;
que me hace reir, casi sin llanto.

Te veo en todo.
Te he visto tantas veces
que, ahora, en el atardecer, cierro los ojos
para escuchar tus pasos en la hierba,
para sentir tu risa caprichosa,
para escuchar tu plática en mi oído.
Mientras tu aliento, igual que un torbellino,
arremolina mis recuerdos secos.

       



         
         © Bonifacio Álvarez

         

sábado, 28 de enero de 2017

Nunca te fíes de un paraguas






Dos mujeres con paraguas. Héctor Acevedo.


Había dejado de llover. Encontré a aquel hombre tumbado en la acera húmeda, encogido como un feto. Y con el paraguas abierto, abandonado a su vera. Parecía haberse resbalado, o sufrir un infarto o un ataque de epilepsia… Me aproximé y le pregunté qué le ocurría. Pero sólo emitió un gemido sin abrir los labios. Estaba paralizado, muy rígido y hecho un ovillo, como si un agudo dolor le comprimiese cuerpo y alma. Sus ojos me miraban suplicantes y, al mismo tiempo, señalaban el paraguas… Tomé del suelo el objeto, confundido. Y tuve la intuición de cerrarlo.

 En ese instante, como por arte de magia, aquel hombre se libró del maleficio. Estiró su cuerpo, aliviado, y se puso en pie ágilmente, como si tal cosa. Serio pero relajado, de repente. Se sacudió la ropa (húmeda) y me dio (secamente) las gracias. Y alargó la mano para que le devolviese el objeto. Estuve a punto, pero…

  Tuve una nueva intuición, de pronto. Quizás ahora que yo había hecho uso de él, el maleficio del paraguas se me había traspasado a mí. Bastaría, entonces, que aquel desconocido lo abriese allí mismo. O bien luego, si volvía a llover, y cuando yo ya le hubiese perdido toda pista. Convirtiéndome a mí en la siguiente víctima, al hacerlo. Era sólo una especulación por mi parte, claro. Pero creo que él intuyó mis sospechas. Así que se abalanzó sobre mí para arrebatármelo, cuando yo se lo negué... Era suyo, pero mi integridad física está antes. En la disputa él se hizo fuerte, y no me quedó más remedio que abrir de nuevo el paraguas…

 Y allí dejé al pobre hombre, tirado otra vez en el suelo. Gimiendo y balanceándose con la boca prieta y las rodillas pegadas al pecho. Me alejé deprisa con el paraguas, sin cerrarlo. Y con una nueva duda...

 Nada más llegar a casa, vacié el sótano. Metí allí dentro el paraguas, perennemente abierto. Y tapié luego la puerta, con ladrillos y yeso. Quizás es mi imaginación. Pero temo que, si alguien cerrase alguna vez ese paraguas, mis costillas se abrirían como varillas de repente, destrozándome el cuerpo. 

 Con suerte, moriré algún día sin haber sufrido esa tortura. Y cuando ese día llegue y alguien abra el sótano sellado (si es que eso sucede), el paraguas ya no estará allí.