viernes, 20 de enero de 2017

Acerca del humor.





"El bufón Calabacillas", de Velázquez.



 Como es sabido, el "animus iocandi" (intención jocosa) es el término latino usado en Derecho como atenuante (o eximente) del delito de injurias. Se entiende que no hay un tipo subjetivo de injuria cuando la intención no es otra que la de hacer reír (o hacer crítica mordaz), aunque la injuria sí sea un hecho. Y cuando queda demostrada esa intención, el hecho de la injuria no es punible, aunque exista.

 Fuera del marco legal (en la realidad cotidiana) el límite entre el humor y el agravio es más difuso. Y a efectos prácticos, en las relaciones personales, el citado atenuante del “ánimo inocente” (llamémoslo así) no siempre convence a quienes entran en litigio. Y el eximente ni siquiera se contempla cuando la pretendida hilaridad termina haciendo sangre.

Sin embargo el humor, incluso el más crudo, es necesario.

Cuanto más negra (o “políticamente incorrecta”) es la sátira, más minoritario es su público y más suspicacias inspira. Pero también más necesaria es en su función de sana irreverencia, es decir: en la de sacudir conciencias para que se desprendan de ellas los prejuicios. Aunque no se logre eso con todas.

 La función de dicha irreverencia (prima hermana ésta del animus iocandi,  si es que no son la misma cosa) es básicamente la de romper, por las bravas, el nudo gordiano de muchos enquistados hábitos y preconcepciones. Y eso sólo debería practicarse allí donde la alternativa resulta muy alambicada o lenta, cosa que no siempre se cumple.

Donde no llega la razón por vía directa, la tangencial irracionalidad de cierto humor extremo puede hacer que, limando algo su exceso (o sea: sin tomarlo muy literalmente), nos replanteemos concepciones sobre la realidad que son erróneas en su base, o ya caducas. Al verlas reflejadas, en toda su turbia desnudez, en el hipertrofiado (y deformado) espejo de la sátira.

El humor bien entendido (incluso cierto humor negro, y a veces sólo ese), es como un azote de viento o de agua fría en la cara, cuando uno se ha quedado adormecido (aislado) en la inercia de su forma propia de pensar. Y a veces el humorista (el bufón) se excede no por mala fe. Sino porque intuye lo que se debe derribar, pero no sabe concretarlo bien y le añade demasiada metralla al explosivo.

Por eso, ciertos poderes temen el humor sarcástico incluso más que una atinada crítica académica. Porque hay bufones en la corte tan certeros, que le pueden poner al rey la zancadilla en la escalera a destiempo (y a veces, sí que hay que ponérsela).

 El humor es un destello de la inteligencia, pero tiene más que ver con el espíritu. Es netamente humano también, pues en él convergen compasión y sátira, que crean una rara química al mezclarse. Cuajando, en su contradicción, en multitud de formas chispeantes, que alivian como un efervescente tónico.

El buen humor no es racional del todo, pues serlo lo ahogaría en una simple moraleja útil, sin flexibilidad ni vuelo crítico. Es sanamente irracional, de hecho. Con el poder de restañar la costra que se adhiere a la conciencia, y mirar en su profundo pozo también durante sólo un breve lapso. El mínimo para descifrar los titilantes destellos en la superficie del agua. Y obtener un catártico elixir de su fondo más oscuro a veces, aun a riesgo de enredarse para siempre o sucumbir en su cloaca al hacerlo. En el sutil filo del humor, amenaza siempre la locura, de la que es pariente próximo.  
   
Sufrimos el dictado de un gris racionalismo, que simplifica la conciencia humana (y su misterio) reduciéndola a un reactivo croquis útil, como la monótona voz de un GPS. La conciencia es vista como un bidimensional mapa desechable también, más que como el tridimensional laberinto que es de veras. Interpretable en parte éste, pero también lleno de insondables recovecos.

Pero la conciencia es mucho más compleja (y oscura, a ratos) de lo que el omnímodo racionalismo que vivimos hoy pretende. Irónicamente irracional éste en el fondo, en la empobrecedora euforia de su triunfo. Y llamo empobrecedora a dicha euforia, ojo, no al racionalismo en sí. La irracionalidad (si se desata) es lo peor de todo. Pero controlada, es un sano oxígeno creativo, neutralizado hoy día por desgracia en el arte (incluida la literatura, y la poesía) y fuera de él.  

También el humor sufre ahora ese bloqueo.  

Lo que sostiene al ser humano es la razón, sin duda. Pero lo que brilla en él (como dijimos del humor) no es la razón, en realidad, sino el espíritu. Sin embargo, en un ambiente (o época) mediocre, un espíritu igualmente mediocre puede brillar bien, si la razón le asiste un poco. Esa es la trampa (y el peligro) de la nihilista posmodernidad que nos envuelve. Y que deja tan poco hueco al humor catártico, es decir: al humor que cura, más que al sano. Constriñéndolo en los empobrecedores límites de lo políticamente correcto.

 El humor nos recuerda lo que somos, nuestra inocente fragilidad y nuestra (salvífica) malicia también. Y, a veces, nos hace ver con algo más de nitidez las cosas que solamente intuíamos. Convertido en detonante de una reflexión más profunda, que amplía y fija su esclarecedor influjo. Nos ayuda a ver entonces, en su desmesurado espejo,  las pequeñas piedras en las que tropezábamos sin verlas. Y a cruzar también las puertas que teníamos a un palmo, pero que no éramos capaces de ver o temíamos cruzar. Y, de paso, nos hace también obvia la inutilidad de alguna ruta que seguíamos sólo por inercia, pero que está agotada ya o resulta estéril.

 Y todo ello con solo un golpe de efecto, minimalista y certero. Que actúa como cosquilleo salutífero en el pecho a veces, y otras como un brutal jarro de agua fría en la cabeza. Pero que siempre es necesario, en cualquier caso.

 Donde el humor es libre, el ser humano lo es también un poco más. Una vez vuelto a sus límites (tras su jocosa eclosión) y limada su aspereza. Vuelto el humor, digo. Aunque también el humorista, si se excede (y casi siempre lo hace un poco)
 
 Dice un chusco latiguillo que “quien se pica, ajos come”. Quien lo usa, suele hacerlo como vulgar excusa para el ensañamiento. Pero es cierto que el “animus iocandi” merece siempre el beneficio de la duda, al menos. Pues lo único que de veras “pica” (o en realidad, quema) es el odio.




Bonifacio Álvarez.


viernes, 13 de enero de 2017

Los desastres de la guerra






"No quieren". Grabado de Goya, de la serie "Los desastres de la guerra".


Se habla en el blog Hemeroflexia de Andrés Trapiello de la novela Patria, de Fernando Aramburu. Se trata de una crónica sobre el drama social del terrorismo en el País Vasco, con dos familias enfrentadas (y divididas) en torno a ese fenómeno. 



 Trapiello menciona cómo necesitó hablar con testigos directos de lo sucedido para confirmar que las cosas eran tan extremas como relata la novela (que no he leído). Y en los comentarios al artículo, surgen críticas relacionadas con la verosimilitud de la obra reseñada  y su impotencia para reflejar el clima real del llamado “conflicto vasco”.

El propio Trapiello termina su artículo mencionando de refilón el difuso límite entre ficción y realidad. Límite que, en lo particular, es un asunto intrigante para quien suscribe.

Dice Trapiello, como conclusión de su artículo, eso tan consabido de: “No hay nada más novelesco e inverosímil que la realidad”.

 Lo que yo me pregunto (e insisto: el tema me atrae mucho) es si entre realidad y ficción hay una frontera clara, tan siquiera. En cada cucharada de ficción hay algo de realidad, y viceversa. Eso está claro. Lo interesante sería saber de qué materia está hecha la cuchara.

(Aquí reseño el cuadro de Kandinsky “El jinete azul”, en el que la ficción invade la realidad por las bravas, a mi modo de ver) 



 Volviendo al artículo de Trapiello como lanzadera de éste, pienso (como comenté al pie del mismo) que el problema con la ficción basada en una realidad sangrante o escabrosa (terrorismo, guerra, pederastia, tráfico de drogas) es que como ficción se queda corta y “hay que preguntar a los testigos”. 
Y como realidad tampoco alcanza, así que muchos de esos testigos se resienten, porque entienden que la ficción no está a la altura de lo que han vivido en persona. O no lo refleja bien. O las dos cosas.

 Eso me conduce a cuestionarme si el propio realismo literario (ya sea éste escabroso o no) es un tipo de periodismo codificado como ficción, como pretender ser. O si es más bien al revés, en cambio, tal como sospecho yo: una pura ficción indescifrable, a fuerza de querer fijar la realidad (en vano) dentro de un marco volátil, que resulta ser (cambiante) realidad él mismo. Como quien pretende pintar con acuarelas en el agua. O hacer un mandala con arena en una tormenta de arena, que viene a ser lo mismo.

 En los comentarios a pie del citado artículo de Trapiello sobre la novela de Aramburu , una usuaria “Phyllida Alys” acaba de plantear un reto a quienes lo frecuentan (entre los que se incluye quien sostiene abierto este humilde paraguas con agujeritos)

  Se trata de tomar partido sobre el espinoso tema de si resulta justo y/o “moral” usar la violencia extrema contra opresores políticos, torturadores y tiranos de diversa índole. Pide un pronunciamiento claro, “sin circunloquios ni cauciones” y “sin corrección política”.

 Pide mucho, porque los problemas más complejos y sangrantes (nunca mejor dicho) no se pueden reducir a blanco y negro ni despachar sin más matices.

  Transcribo a continuación lo que comenté en el foro de Trapiello, sin pretender abrir aquí un debate. Aunque si alguien quiere comentar al pie, sea bienvenido. 


                                                                      *   *   *

A veces hay que usar la violencia para mantener la paz. Y eso ocurre cuando se ha barrido bajo la alfombra durante demasiado tiempo. En ese caso (para usarla bien) la prudencia política se impone.

 El norte que nunca hay que perder, se use o no se use  (aunque ya casi nadie apele a ese concepto hoy día) es el honor. Y ése se demuestra (o se pisotea) in situ siempre. No en un debate previo sobre el sexo de los ángeles o uno posterior a burro muerto. Ni tampoco en un juicio ilusorio sobre qué violencia es “más justificable” o “más moral” que otra. Todas son sucias e injustas, aunque nuestra condición humana nos condene a usarlas (literalmente: condene. Nunca aprenderemos).

 El llamado “terrorismo” (ya sea de Estado, yihadista o revolucionario) no es nada honorable, sin duda. Lo cual no quita que sea “necesario” en el sentido histórico (o filosófico) del término.

¿El magnicidio?: depende… Parece obvio defenderlo en el caso de un tirano. Pero la propia historia reciente prueba que, a veces, la basura también puede servir de dique contra algo aún más virulento. Prudencia política, de nuevo.  

Como se ha dicho muchas veces, la misma palabra “terrorismo” comienza ya a quedar caduca de tan manoseada (y atomizada), aunque todos entendemos lo que es. Pero empiezan a deshilacharse sus costuras en el neblinoso (y polimorfo) avispero en que vivimos actualmente.

Buscar un nuevo término más preciso (en mi opinión) podría dar lugar a un buen debate y aclarar algo las cosas...   

                                                                              *  *  *
                                                                   
Con respecto a la venganza, con ésta es más fácil incurrir en arbitrariedades. Y casi siempre raya en la bajeza, porque explota con metralla. Pero toda acción violenta (vengativa o no), es “éticamente condenable”, aun así. Lo que pasa es que no podemos ser limpios todo el tiempo.

La violencia ni es racional, ni pide permiso. No se puede contener ni entender del todo. Perder el tiempo en eso, la hace más fuerte, de hecho. Porque quienes de verdad abusan de ella (no quienes la usan de manera aislada y/o defensiva), no se enredan en análisis y suelen dar el primer paso. Y sin respetar reglas.

Como dije, la única referencia ajena y propia nítida en caso de que lo peor estalle (sicologismos aparte, que no llevan a nada) es el honor. No deber para no temer, y asumir las consecuencias (no siempre limpias) de nuestros actos, sean éstas las que sean.

 Y ese honor se demuestra (o lo contrario) in situ, en cada situación aislada. En cada batalla de la guerra (cotidiana o literal). Luego la historiografía mezcla todo, y traza una crónica polémica para vender libros (o cine).

 La flecha se tensa sin disparo, tanto como la sociedad o el individuo pueden soportar. Ambos suelen acumular la frustración indefinidamente, hasta que revienta como un problema público (lo individual también se extiende a todos, cuando estalla). Salvo que encuentre algún drenaje previo, por fortuna.

En el caso del hambre, no hay drenaje alguno, explota siempre. Por eso las tiranías (y no sólo ellas) se ocupan de llenar lo mínimo el estómago a sus súbditos, mientras pueden. Luego, les quitan el pan, y el circo se cae solo.  

  




sábado, 7 de enero de 2017

Concurso literario desierto. Se prolonga el plazo.



Pues eso. Dada la previsible y masiva participación (ironía) en el concurso navideño, prolongo el plazo indefinidamente. Si alguien se anima, aquí está el enlace con las bases:

 Bases del concurso




"Estepicursor", me encanta esa palabra. También llamados: rodamundos, bruja, capitana, cachanilla, salsola... Son arbustos que ruedan por estériles parajes dejando semillas tras de sí.

 La metáfora se explica sola.






jueves, 5 de enero de 2017

"Elvira", una novela de Rubén Angulo.






Cuando me planteé emprender este joven blog, pensé incluir una sección fija de reseñas de libros. No me decidí, porque ya hay demasiados blogs donde se hace eso. Y muy bien en ciertos casos, como en el de Rubén Angulo, que descubrí recientemente y que pueden encontrar aquí:



 Sí que me propuse reseñar alguna lectura, puntualmente. La primera, fue la de un libro para niños. La segunda no es tal cosa, aunque por la portada pueda parecerlo...

Se trata de una obra del propio Angulo, su novela Elvira. Publicada en la editorial Lord Jim. Que pueden encontrar aquí, en Kindle y tapa blanda:

https://www.amazon.es/Elvira-Rub-n-Angulo-Alba/dp/8494448102/ref=tmm_pap_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=&sr=


 Siempre me ha pasado con los libros lo mismo que con los amigos: congenio mejor con la gente diferente a mí. Y admiro más los libros que yo no escribiría, cuando encuentro en ellos algo (o mucho) que me gusta, pese a hallarse éstos lejos de mis inclinaciones. Por eso, si hablo bien de uno, es porque vale la pena de verdad. O si no, no hablo, simplemente.





 No hay nada singular en la novela Elvira, en apariencia. Como no lo hay en una pila de palés conteniendo aburridos archivos. Salvo que le aplasten a uno, y le hagan revisar toda su existencia…

 El peso de un sobrecargado mueble clavándose dolorosamente en tu carne, tiene más poder evocador (en negativo) que una sabrosa magdalena:

“En definitiva la privación del movimiento, lo descorazonador de aquella oscuridad espesa que se abatía sobre mí, no significaba dolor comparable al cúmulo de desgracias al que me enfrentaba en el día a día”.

 Así define el autor las emociones del protagonista, cuando éste queda atrapado y malherido en un frío sótano oscuro a raíz del incidente, y comienza a rememorar y analizar su vida: sus confusos sentimientos, y sus relaciones personales y laborales que se enredan en la madeja de un asfixiante entorno burocrático.  

 La comparación con Kafka es automática, pero Angulo no se limita a definir un “buen salvaje” víctima de su alienante entorno, sino que reparte la carga (nunca mejor dicho) entre el pusilánime protagonista y la hostilidad que le rodea. Sin que quede claro (y esa es una de las virtudes del relato) si las sombras del sótano del hospital psiquiátrico se proyectan sobre el protagonista explícito, o es él mismo quien las emite como calamar tratando de envolverlo todo con la tinta de su inseguridad y su indefinición, en un inútil intento por huir de sí mismo y sus fantasmas. 

El otro protagonista, el implícito (Elvira) que da título a la obra, es justamente el que mejor queda trazado en su locura. El más evidente en teoría, pero no por ello  menos oscuro, dado que sólo lo conocemos a través de la frustración y el subjetivo juicio de quien sufre la tortura interna y externa en el sótano… Se intuye la reminiscencia de Allan Poe en el Pozo y el péndulo o en el Tonel de amontillado. El prisionero del Pozo de Poe, prefiere morir abrasado arriba antes que lanzarse al espanto que vislumbra en su fondo. Y que deja a la imaginación del lector, como hace Angulo en cierto modo con el otro profundo "pozo" que horada la castigada mente del protagonista.  

 La víctima emparedada del Tonel de Allan Poe, confía inocentemente en su verdugo, como el funcionario/víctima se deja llevar por el enfermizo imán de Elvira en la historia de Angulo.  

 Esa buscada ambigüedad crea un banco de sólo dos patas: locura y burocracia. Cojo en apariencia, pero que deja hábilmente el tercer apoyo al propio lector, para que éste rellene huecos sacando sus propias conclusiones, a la vez que lo atrapa en su inquietante y sombría atmósfera. 


Ignatius Reilly


 El funcionario protagonista, tiene igualmente reminiscencias del Ignatius Reilly de “La conjura de los necios”. Encerrados ambos en una cárcel burocrática. Igual de desubicados, frustrados y egoístas en un ambiente hipócrita y mecánicamente indolente. Bajo un mando arbitrario y mediocre para colmo.   

“Imaginaos que veis venir la flecha de la locura que apunta directamente a vuestro corazón” -dice el protagonista de Elvira, para justificarse-  “¿acaso no interpondríais entre vosotros y la flecha cualquier cosa que estuviera a vuestro alcance?, ¿no empujarías* (sic) a cualquier hombre? No me creeréis, pero los hay que interpondrían incluso a sus propios hijos”.

*(Viene así en la versión en Kindle, entiendo que la conjugación es una errata).

Aunque el protagonista de Angulo, en cambio, no dispone del sarcasmo de Ignatius ni de su irreverente rebeldía que le permite cierta huida a aquél. El antihéroe de Angulo en esta obra, sucumbe sin más (sin posibilidad de escapatoria) a la turbia miseria de su entorno, irónicamente gracias a un mínimo asomo de madurez del que adolece Ignatius:  
  
“Ya ni me acuerdo de lo que me costó contarle a mi madre el infierno que sufría. No es del gusto de nadie romper ilusiones. Supongo que me avergonzaba, que no estaba del todo seguro de que fuera Elvira la verdadera culpable de lo que me sucedía, que quizás cualquier otro hubiera sido capaz de manejarse con soltura en aquella situación o circunstancias semejantes”.

 Ignatius no haría examen de conciencia, y culparía a los demás: lo haría sin dudarlo. Les masacraría como un tuerto entre ciegos, para poder salvar un mínimo de cordura en un ambiente desmotivador y hostil.  

 El antihéroe de Angulo, en cambio, vislumbra los últimos destellos de humanidad al cerrar los ojos por completo en el desván de su dolor, del que sabe que (de lograrlo siquiera) sólo podrá salir su cuerpo vivo, y no su dignidad (y su cordura). Al contrario que a Ignatius, su ego no le salva.

Cuando mira a un loco del centro de internamiento, lo ve como un igual, a través de su mirada propia todavía “cuerda”, pero ya opacada para siempre incluso antes de sufrir el “incidente” del aplastamiento físico que dispara (tarde) su conciencia. 

El loco y el cuerdo, a su pesar, se identifican en lo que ya no podrán ser, en un pasaje excelente de la novela. A través de un mismo cristal turbio que les une y les separa al mismo tiempo:

“Tenía el pelo negro, rizado y ensortijado, la piel blanca, la mirada inteligente pero apática. Quizás se me quedó grabado porque se me hizo familiar, quizás coincidí con él en alguna ocasión, o en los bares, quizás fuera esa familiaridad tan propia de las ciudades de provincias. Supongo que él me miró como miraba a los demás, con indiferencia, igual que podía mirar a un árbol. Pero yo sentí que él me reconocía de la misma manera que yo a él”.

 Tan enajenado, el protagonista (sin desvelar mucho la trama…) busca el autoengaño en una pasión triste que, de nuevo, remite a la locura. Morbosa e irónicamente, su realidad se desmorona sobre él antes incluso de que lo haga la torre de palés que le aplasta y aprisiona cuerpo y mente. Cosificado en su vida cotidiana y en sus emociones, el áspero mundo que le envuelve ya sólo adquiere significación como sordo objeto a destruir. Pero él no tiene fuerzas para hacerlo en persona, pues se ha vuelto un objeto él mismo, diluida su conciencia a sólo un paso de enajenarse por completo:   

“Los objetos permanecen tan imperturbables a nuestro alrededor que nos molestan, nos domina el dañino afán de destruirlos”.

 Así reflexiona el protagonista en su monólogo, en una frase que resume bien toda la historia. Pero él no los destruye… Pierde las agallas, primero, si las tuvo. Y al final, pierde la fuerza también, por haber esperado demasiado tiempo para reaccionar.

Sólo los aparta un poco del camino. Lo bastante para abrirse paso torpemente como un fantasma malherido. Como hacemos todos alguna vez cuando la realidad nos “aplasta” con torturante malicia. Dejándonos sólo el hueco justo para respirar a duras penas en un agotador jadeo.  



Bonifacio Álvarez.